Carlos Fuentes y Marcelo Ebrard

Dícese que en la mesa de un café de la gran ciudad…
Cleanto: No, nunca he leído a Fuentes, Esquines. Confieso que alguna vez lo intenté…alguna vez, pero lo abandoné en la primera escaramuza.
Esquines: ¿Por qué?


Cleanto: Juan Rulfo me hizo muy indiferente, Esquines. Y es que lo leí, y me harté de belleza. Fue como si ese fantasma se hubiera robado todos mis sueños y anhelos. Y bueno, no es sino por eso que leo muy poco de los escritores contemporáneos, en especial de los latinos. Quizás no me creas, pero apenas sí abro el libro de algún escritor de los tiempos que corren, apenas si me dejo llevar por las primeras líneas, y al instante el lance me resulta un trago insípido, o acre, si no es que una agonía insoportable. Y es que siempre está ahí el fantasma de Rulfo, en el fondo, con sus nubes cuajadas y sus paredones que reverberan. Recuerdo que algún tiempo me despertó Gabriel, con sus “Cien años”; pero no olvido que, aun ahí, resonaban los ecos de Rulfo. Así que, si no leo a escritores modernos, Esquines, la culpa es de Rulfo, no mía. Lo leí, y ya nada me gustó. Y no creas que ya no leo. No; de cierto que sigo leyendo literatura antigua. Desgasto el tiempo espantando el polvo y las polillas de viejos pergaminos, porque solamente ahí, entre titanes, el fantasma de Rulfo se apacigua para darme tregua. 
Esquines: ¿Es por eso que no has leído a Carlos Fuentes?…¿por el fantasma de Rulfo?
Cleanto: Sí, por eso. 
Esquines: ¿Ni a Mario Vargas Llosa?
Cleanto: No me atrevo siquiera a imaginar el tormento que me aguardaría en el patíbulo de Rulfo si yo osara abrir un folleto de Llosa, Esquines. ¡Ni lo mande Dios! 
Esquines: ¿”Folleto”?  
Cleanto: Bueno…vamos…qué se yo…¡pardiez!…¿Te parece bien revista?...¿Ya estás contento?
Esquines: ¿Y Aguilar?
Cleanto: ¿Antonio o el Gallo…?
Esquines: ¡Aguilar Camín, zopenco!
Cleanto: ¡Ah, vaya!...¿Y quién diantres es Aguilar Camín?  
Esquines: Vamos, Cleanto. Déjate de simplezas de una vez por todas. Nada quita que puedas ofrecer una opinión sobre lo que dijo Fuentes de Ebrard. Una cosa es la literatura, la experiencia estética, y otra la política, hombre.
Cleanto: ¿A qué tanto interés y tanto incienso el tuyo con Fuentes? Pareciera que, para ti, lo dicho por Fuentes es letra sagrada. Has traído ese discurso todo el día. Bien podría escribirse un cuento llamado “Las fuentes de Ebrard”. Ya me estás cayendo gordo con tu Fuentes, ¿sabes?
Esquines: Bueno, no seas tan agrio, hombre. Toma en cuenta que se trata de Fuentes. Fuentes no es cualquier cosa. Es alguien de peso, que conoce muchísimo de política y al que hay que tomar en cuenta.  
Cleanto: Un buen amigo conoció a Rulfo personalmente, Esquines. Sé por ese amigo que Rulfo no dejaba de tener vuelos ocasionales de jactancia y de vanidad insoportables. Por supuesto que semejante dato, de ser cierto, jamás lo encontrarás en escrito alguno, porque mi amigo era un hombre como yo, completamente ajeno a las letras. Y sobre esos detalles oscuros, ¿qué se puede hacer? Eso de los desparpajos y los caprichos suelen ser moneda corriente en los simples mortales, pero también en los hombres de genio sobresaliente, como Rulfo. Todos tenemos vicios o deformaciones del alma, Esquines; y esos fantasmas se aferran a la vida así seas dueño de alguna virtud especial que te eleva a la gloria del reconocimiento público.  
Esquines: ¿A qué viene todo eso?
Cleanto: A fin de que no sobrevalores lo dicho por Fuentes. Fuentes no es un dios, Esquines. Tampoco es un sabio de la política, tal como dijiste recién entrando al café.
Esquines: Creo que te equivocas. No sobrevaloro a Fuentes. Es solamente que creo que tiene una categoría que le permite opinar y formar opinión en los demás.
Cleanto: Pero si hasta te retorcías alzando los brazos al aire como suplicante agraciado por dios: “¡Por fin nos llegó la luz con Fuentes!”, gritabas dando de brincos. 
Esquines: Mientes.
Cleanto: Aunque tus palabras te delatan en requiebros contradictorios, acepto tus pretextos, Esquines. Ya te manifesté antes que no conozco a Fuentes y que no he leído su obra. Así que, lo que yo te diga sobre sus opiniones en cualquier asunto, no pasa de ser simple conjetura o verdad probable. Con todo, me arriesgaré a cometer un error de apreciación y te diré mi opinión sobre Fuentes y sus opiniones en política. 
Esquines: ¡Por fin!
Cleanto: Antes que nada, toma en cuenta que Fuentes es un escritor, su oficio es contar historias y vender libros. Él no es político y mucho menos un hombre con vocación de líder social. Un líder social, Esquines, no puede vivir ni existir como lo hace Fuentes, so pena de condenarse al más absoluto fracaso en el corto aliento, o en el mismo instante en que ve su primera luz. Un líder social no se pasa la vida en las aulas universitarias del primer mundo, ni en el mundo intelectual, ni en la televisión, porque, simple y sencillamente, esos medios no son su objeto de conocimiento, ni de reflexión y crítica, y mucho menos son su campo de acción práctica. 
Esquines: Tú y tu desprecio por la educación formal, Cleanto. Sólo a riesgo de parecer necio se puede negar que se aprende mucha ciencia política en las aulas del primer mundo. Me temo que lo tuyo es un resentimiento por no haber tenido los medios para eso. ¡Ah, Yale, Princeton, Chicago, Friedman, Harvaaaaaard, venid a mí, que os añoro!
Cleanto: ¿Acaso crees que Alejandro Magno aprendió política y conquistó al mundo en las aulas del Liceo paseando entre los toldos y el santuario de Likeos? 
Esquines guardó silencio. 
Cleanto: Alejandro se hizo entre el polvo del campo de batalla, Esquines. Se hizo emperador del mundo armado de yelmo, grebas, escudo, espada, tamaños y un buen espíritu para hacer política, y no así cargando un bulto de pergaminos en la espalda. Y te puedo asegurar que ahí, en el campo de batalla, Alejandro pulió y enriqueció en grado mayúsculo los principios teóricos que le enseñó Aristóteles en su niñez. Platón intentó muchas veces ser un político, pero cada vez que emprendió semejante empresa salió derrotado vergonzosamente. ¿Sabías eso?
Esquines: No, no lo sabía.
Cleanto: Uno de esos muchos lances en política le costó a Platón el caer a la categoría de esclavo en una isla del Egeo, y habría muerto de no ser comprado por otro filósofo. ¿Puedes concebir semejante ingenuidad en política en un genio intelectual como el de Platón? 
Esquines: Por supuesto que no. En verdad que se necesita ser un tonto redomado para caer de político a esclavo. 
Cleanto: ¡Exacto! Y no necesitas retroceder en el tiempo hasta Platón para ver semejante estupidez muy boyante. La muestra encarnada la tienes frente a tus ojos…
Esquines (muy sorprendido): ¿Quién? ¿Tú?
Cleanto: En los priistas, que de políticos pasaron a esclavos de las televisoras. Ya prácticamente definirán a sus candidatos en el palo ensebado de Manuel Pelayo con Salinas de juez…¡Hazme el favor!
Esquines: ¡Oye, pues sí! No me había percatado de eso. En verdad que eres agudo y perspicaz, Cleanto.
Se sucedió un momento de silencio en que Esquines quedó pensativo.
Esquines: Oye, pues no crees que ahora voy cayendo en un detalle…Sí…Hasta ahora entiendo por qué a mi vieja la citaron en el show de Chabelo para darle su credencial del movimiento territorial.    
Cleanto: Bueno, y gracias a Dios Platón fracasó en sus aspiraciones políticas, pues, fue por ello que se acogió a la filosofía y nos heredó, entre otras muchas cosas, un maravilloso e incomparable aparato de teoría política. Ya mucho te he platicado de ella, y bien sabes que es una teoría que no hemos logrado comprender del todo. 
Esquines: Sé del enorme genio de Platón, Cleanto.
Cleanto: Y si tú fueras un líder social, Esquines, y si tuvieras la oportunidad de acudir a escuchar alguna disertación de Platón en la Academia sobre el Estado y la Política, ¿acudirías a escucharle o le rechazarías?  
Esquines: Desde luego que acudiría sin pensarlo dos veces. ¿Crees que habría cuerdo que dejaría pasar la oportunidad de aprender cosas de un sabio de semejante talla?
Cleanto: Y dime, Esquines, dime: si atendemos a la obra de Fuentes y a la obra de Platón, ¿ves algún punto de semejanza entre los dos? 
Esquines: No, por cierto que no. De la Tierra a la Luna. 
Cleanto: ¿A qué cuidarte entonces de lo que diga o haga Fuentes en torno a la política? ¿Por qué no te preguntas mejor por lo que opinaría Platón de Ebrard? Sabes que no necesitas sino leer a Platón para descubrir eso indirectamente.
Se hizo un momento de silencio.
Esquines: Con todo, me parece un tanto extremista tu posición, Cleanto.
Cleanto: ¿Por qué?
Esquines: Porque al paso que vas, resultará que solamente el político sabe opinar de la cosa pública.
Cleanto: El de los extremos eres tú, Esquines. Lo que he dicho no ha sido sino con la intención de hacerte ver que es preciso conocer una ciencia o un arte para opinar y actuar rectamente en ellos.  
Esquines: No me negarás que, al menos en teoría, Fuentes conoce de política. 
Cleanto: No lo niego, Esquines. Sin embargo, el problema es que la política no es una ciencia teórica. No estamos hablando de matemáticas o de geometría donde la verdad pueda ser deducida de principios generales y a puro esfuerzo de razón. A menos que seas prianista, creo que te queda claro que los hombres no son números ni triángulos ideales…
Esquines: Aunque sí hay prianistas que parecen rombos…y hasta cuadrángulos con choclos…Digo, ¿no?
Cleanto: En lo tocante a política y a liderazgo social, amigo mío, el quid es la vida práctica, la acción. Cierto que en política la teoría tiene un lugar, no está del todo relegada, pues sirve como punto de partida o como principio normativo en el hacer. Mas, en lo esencial, Esquines, la política es practicidad, hechos, acción, interacción entre los hombres de carne y hueso y con personalidad propia. Y debes creerme que, en los hechos de la política, suele haber un tremendo abismo entre teoría y realidad inmediata. Y bueno, ya te dije hace buen rato que Fuentes es un escritor. Conoce teoría política, pero no es un hombre de acción en esa materia; sabes que desconoce por completo ese apartado que, para ser ciertos, es el fundamental. Y si en política no es un hombre de acción, ¿te atreverías a seguir sosteniendo que Fuentes es un sabio en política?
Esquines: Ya te entiendo.
Cleanto: Gracias a Dios dijiste que no con tu expresión, porque de otra forma, y por un principio de justicia o simetría, hubiéramos tenido que afirmar que un maestro pastelero sabría tanto de física como el mismo Einstein.
Esquines: Tampoco le des muchas ínfulas a la política mexicana, Cleanto. No me negarás que ese tendajo está plagado de cuates que están a punto de rebuznar.
Cleanto: No lo niego, pero ese no es el punto, Esquines.     
Esquines: ¿Entonces le niegas a Fuentes el derecho a opinar de política?
Cleanto: Por supuesto que no. No me apellido Salinas, no soy dueño de la política. Así que, por mí, Fuentes puede opinar en el momento que le plazca y de lo que se le antoje. Y creo, además, que tiene buena cosecha para formar opiniones a partir de su conocimiento teórico. Pero una cosa es eso, Esquines, y otra cosa es que te tomes las opiniones de Fuentes muy a pecho, tal como si fueran una verdad necesaria o absoluta. En la cosa pública, un grandísimo margen de error probable le cabe a Fuentes con su falta de experiencia política. Es más, para serte franco y para terminar pronto, te puedo decir que, si de mi dependiera el futuro de este país, Fuentes sería el último de mis consejeros. Necio sería fiarme de un inexperto en materia política.    
Esquines: Bueno, pero no me podrás negar que las declaraciones de Fuentes tienen para Ebrard algo que podríamos llamar…que podríamos llamar…¡valor agregado! Eso: un valor agregado para Ebrard ante la opinión pública.
Cleanto: Ahí sí que te sobra razón. Si bien tú y yo ya entendemos que la opinión de Fuentes no tiene valor normativo alguno, lo cierto es que mucha gente de a pie sí ajusta su opinión de acuerdo a lo que opina Fuentes, o al menos le da tal grado de confianza que empiezan a dudar de sí mismos sin darse la oportunidad de pasar las cosas por el filtro de la razón. No por otra cosa siempre habrás de presenciar una suerte de amasiato entre política y mundo intelectual formalista, Esquines. Los políticos se acuerdan de los intelectuales cuando necesitan lustre de opinión para las urnas. Y muchos intelectuales bien que se dejan querer.   
Esquines: Es extraño eso de cómo se cree la gente de lo que dicen los intelectuales, ¿no te parece? 
Cleanto: ¿”Extraño” por qué? Tú mismo, como muchos, eres víctima de eso, Esquines. ¿Te extrañas de ti mismo, acaso?
Esquines: ¡Bien, bien, Cleanto! No fustigues a tu amigo. Acepto que estaba equivocado. ¿Conforme?
Cleanto: Déjame decirte que eso de la extraña fe de la gente en los intelectuales me parece de lo más natural en nuestro entorno. Nuestro sistema educativo, Esquines, está diseñado para formar esclavos en todos los órdenes de la vida. Nos educan para obedecer, para creer, para tener fe, no para reflexionar y cuestionar. Todos los rincones de nuestra educación están sobrecargados de normas fundadas, no en la verdad, sino en un asfixiante principio de autoridad. Eso sucede en todos los ámbitos, desde la ciencia hasta la técnica y pasando por la religión. Así que, si tú eres un hombre reo de cierto espíritu inquisitivo, en tus indagaciones siempre llegarás a un punto muerto y lóbrego en que la respuesta a tus preguntas sobre las causas de esta u otra cosa siempre será un “Porque sí”. ¿”Porque sí”?, preguntarás tú azorado. “Sí, así de simple: porque sí”, se te responderá de nuevo y cerrando con un reglazo en la mollera. Además, se nos ha educado con un prejuicio intelectualista, Esquines; un principio que pretende hacernos creer que, entre más letras lleves en el lomo, más sabio eres. Combina esos factores y ya entenderás el motivo por el cual el mexicano de a pie acostumbra plegarse y deslumbrarse absurdamente ante las opiniones rocambolescas de los intelectuales de nuestro tiempo. Sin embargo, amigo, probado está desde tiempos de Sócrates que en eso no consiste la verdadera sabiduría. Yo podría decirte que, con la lectura de  cinco libros fabulosos y no más, y equipado además de una voluntad naturalmente inclinada al Bien, perfectamente bien podrías convertirte en un hombre tan sabio como el que más. ¿Acaso no te has dado cuenta que las más notables revoluciones científicas y sociales han surgido a partir de gentes que, en ocasiones, han pasado por locos, por rebeldes o chiflados, o bien de gentes que en la víspera de su gloria han sido martirizados en razón de sus ideas? Ese es el costo de la rebelión ante el principio de autoridad. Y siendo así las cosas, Esquines, ¿por qué te extraña el que la gente crea en Fuentes o en cualquier intelectual? Ten en cuenta que creen por un ciego principio de autoridad, porque así los han educado.
Esquines: ¿Sugieres que debe rechazarse toda opinión del mundo intelectual?
Cleanto: Someter siempre las opiniones al tribunal de la razón, Esquines. Eso es lo que debemos hacer con cualquier opinión, venga de donde venga.
Esquines: Si juzgo por lo que veo, Cleanto, debo confesarte que tengo la impresión de que Fuentes es un tipo inteligente…pero sobre todo prudente. 
Cleanto: Sin discusión. Desde luego que Fuentes ha demostrado ser un hombre listo y prudente. Su éxito profesional, Esquines, da fe y razón puntual de ello. Y en eso del éxito profesional no hay nada de criticable, amigo mío, pues, de cierto que todos procuramos nuestra felicidad antes que cualquier otra cosa. Sin embargo, no pierdas de vista que la verdad suele ser muy remisa cuando vista contra la prudencia. Esas dos cosas no siempre van de la mano.
Esquines: ¿Estás sugiriendo que Fuentes miente?
Cleanto: No corras tan aprisa, Esquines. He dicho que verdad y prudencia no siempre van de la mano. De si Fuentes miente o no en el caso de Ebrard, de si mintió ayer o si mentirá mañana, es cuestión del fuero interno del mismo Fuentes. Y si tú quieres aclarar la verdad por tu cuenta en éste y otros casos, y no solamente creer, acude a tu razón y delibera, que al final encontrarás algo de luz, cualquiera que sea su color.
Esquines: Te entiendo. Lo cierto es que la prudencia a veces nos obliga a omitir la verdad para evitar un mal mayor a nuestro mundo individual.
Cleanto: Pero a veces ello implica mantenerse pasivos frente al mal que oprime a los demás.
Esquines: ¿Y cuál es la solución?
Cleanto permaneció en silencio por un momento. Luego encogió los hombros, sacudió la cabeza ligeramente, y dijo.
Cleanto: Es difícil saberlo, Esquines. Esas cosas del hombre en torno al bien y el mal son confusas…Yo diría que demasiado confusas. 

Buen día.

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