Benedicto y el ocaso de la legitimidad.

Resulta muy sorprendente que muchos políticos se llamen a sorpresa con la renuncia del actual Papa, Benedicto. Y me resulta sorprendente, porque con ello dejan ver cierto grado de ingenuidad entremezclada con ignorancia. Entiendo también que en este gesto público de "mustiedad" escandalizada habrá también algo de un sentido utilitario oculto, porque no descarto que, con ese deliberado aire de estupor, dichos políticos buscan ganar algunos puntos de simpatía entre el público que se mueve mayormente por los sentimientos.


A nadie que se llame sensato y un poco analítico debe sorprender la renuncia de Benedicto para encontrar incluso, más allá de los inocuos motivos públicos pronunciados hasta ahora como causales, como cansancio o fatiga en Benedicto, las verdaderas causas en el asunto y que no echan raíces sino en razones eminentemente políticas. Y desde esa perspectiva es que no se puede asumir una posición de sorpresa en esta cuestión, sobre todo cuando se presume ser un político de oficio. 
Si bien es cierto que tampoco se puede asumir la total frialdad del análisis en estas situaciones, si es que no se quiere perder puntos entre ese auditorio que obedece a sus sentimientos en exclusivo, también es cierto que no hay que abusar de la "mustiedad", porque luego no se avanza en aquella parte del público que, en sus acciones del día a día, suele ser un tanto analítico. Así que, como siempre, en estas cosas conviene más buscar la fórmula peripatética del punto medio: ni tanta frialdad analítica, por mucho que se sacrifique alguna cuota de objetividad, y en favor de los sentimentalistas; ni tanta pasión y ni tanto arrebato gazmoños que enojen a los ciudadanos objetivos.
Como decía, el asunto de la renuncia de Benedicto tiene sus razones profundamente enraizadas en la utilidad política del propio Estado Vaticano. Para entender esto, no hay que perder de vista la naturaleza del Estado Vaticano y su papel en la política mundial, que es más importante de lo que usted puede imaginar.
De entrada, hablamos de un Estado cuya naturaleza lo yuxtapone perfectamente bien con un Estado absolutista. Es como si habláramos, pues, de una monarquía legalmente constituida y cuyo absolutismo descansa en el poder omnímodo de un despotismo ilustrado fundado, nada más y nada menos, que en la Revelación, la otra cara de la Doble Verdad. 
Como toda monarquía tradicional, el fundamento político del Vaticano echa raíces en tres pilares fundamentales de legitimidad, que trascienden más allá de lo laico en su principal punto: divina, carismática y moral. Legitimidad divina, en tanto se reconoce que, por Revelación, el Papa es el mediador de Dios ante los cristianos. Legitimidad moral, por la simple y sencilla razón de que el cristianismo es el fundamento de toda ética en el mundo occidental. Y legitimidad carismática, porque se establece como antecedente que el Papa ha de investirse en un modo de vida que, al constituirse como un ideal supremo de ética, es capaz de mover e intensificar la adhesión de los cristianos a su monarca - el Papa - y a la Revelación que le antecede como razón de ser.  
Hasta aquí, con esos pilares de legitimidad que dan fundamento y cohesión al Estado Vaticano, y unidad al cristianismo, y desde los cuales se entiende toda su vida política, usted ya tiene los elementos necesarios para analizar los reales motivos de la renuncia de Benedicto a trasluz de la verdad, que no es sino la que dije al abrir: la utilidad de la política en el Estado Vaticano. 
Poco hay que decir sobre la legitimidad divina del Estado Vaticano. Se trata de una legitimidad incuestionable mientras la ciencia persista como un proceso inacabable de saber, y que nos ha de remitir siempre a la necesidad de acudir al juego de la Doble Verdad: la ciencia para lo inmanente a este mundo y su razón, y la religión para lo trascendente. En lo que toca a legitimidad moral, hablamos de otro bastión inmenso y exclusivo del Estado Vaticano. Y esto es fácil de entender.
Desde que racionalismo y empirismo se instalaron como dogmas imperantes en el saber, con la prueba de evidencia, ya de hecho o ya de razón, prácticamente remitieron muchos problemas humanos, sino es que casi todos, a la esfera de la irracionalidad, bajo el argumento de trascender a los alcances de la razón. Por otro lado, la ética no ha logrado hasta nuestros días un sistema totalizador satisfactorio para abordar y resolver esos aspectos de la irracionalidad que han quedado en abandono por la ciencia. Y más aun, debemos reconocer que la religión tiene un poder de incitación y de promoción de la voluntad humana que ningún sistema de ética ha logrado a lo largo de la historia completa de la humanidad. Y en nuestro mundo occidental, fue precisamente la religión cristiana la que recogió esos apartados de irracionalidad despreciados por la ciencia para darles sentido desde los ordenamientos de moral cristiana contenidos en su Revelación. 
Estos dos apartados de la legitimidad en el Estado Vaticano que hemos visto brevemente son harto independientes de la personalidad y conducta de un Papa determinado. Con esto quiero decirle que, no porque un Papa determinado  resuelva su conducta por lo diablesco, ello terminará por disipar la legitimidad divina y moral de la religión cristiana. Esos dos apartados del dogma cristiano están divorciados de esas cuestiones accidentales. Sin embargo, la legitimidad carismática sí que depende en absoluto de la personalidad de un Papa, y también es cierto que ésta puede ser determinante en la fortaleza y expansión de la religión misma.
En efecto, la adhesión de los cristianos a su dogma, y la expansión creciente de éste hacia los no cristianos, depende íntimamente de esa legitimidad carismática por simple consecuencia ética. Si un Papa asume el ideal cristiano en su vida para transformarse en un modelo supremo a seguir, no solo fortalecerá la adhesión de los cristianos,  sino que impulsará la propagación del mismo dogma entre los no cristianos; y todo, bajo el poderoso argumento de la persuasión que deviene de la consecuencia ética en el cuerpo del mismo Papa. Y de cierto que lo contrario sucederá bajo el escenario de un Papa que no posee legitimidad carismática.
En suma, si en las viejas monarquías europeas la legitimidad carismática consistía para la aristocracia reinante en asumir una forma de vida de pompa, boato y honor, que constituía un modelo de vida aprobado y anhelado por la servidumbre, en la religión cristiana la legitimidad carismática consiste en una forma de vida cristiana que sea igualmente inspiradora para los cristianos y no cristianos, y que, por ello, mueva su corazón a la adhesión activa, a la acción cristiana consecuente. Y de cierto que esta adhesión al dogma cristiano tendrá sus efecto positivos en la vida moral de los hombres y sus sociedades si recordamos lo que ya apuntamos arriba sobre el importantísimo papel de la religión cristiana en la moral del mundo occidental. 
Bien, creo que, hasta aquí, ya tiene usted todos los elementos necesarios para entender las causas reales del porqué Benedicto ha renunciado al papado. Y para ser más precisos, diremos que la actuación de Benedicto no ha sido satisfactoria para la utilidad política del mismo Vaticano. De si ha renunciado por pudor o por presiones internas en el mismo Estado Vaticano, ya es lo de menos. Y motivos hay de sobra para su renuncia. 
Si nos atenemos al pobre desempeño de Benedicto en el apartado de la legitimidad carismática a lo largo de su pontificado, entenderemos que Benedicto no ha representado para el Estado Vaticano una opción eficaz para la intensificación y propagación del dogma cristiano. Y de cierto que esto tendrá sus consecuentes ya más laicos o mundanos si usted se pone a analizar los efectos nocivos que esto trae sobre el poder del Estado Vaticano cuando visto desde el propio y descarnado plano de la política y su utilidad.
Para cualquiera que sea al menos un ocasional seguidor de las actividades del Papa Benedicto, quedará claro que no fue un hombre que se haya distinguido por su activa promoción de la moralidad cristiana para resolver todos esos fenómenos corrientes de irracionalidad, no aptas para la ciencia, que se gestan en un mundo convulso, en fase de crisis, como el nuestro,  a modo de guerras colonialistas en Medio Oriente y África, o de injusticia económica que galopa sobre el caballo desbocado del neoliberalismo y que ha convertido ya, a la misma Europa, en un campo de pasto para el fuego. Y este peso asfixiante de los hechos contra Benedicto es más descomunal si tomamos en cuenta que ha sido sucesor de un Papa, Juan Pablo II, que se distinguió, si bien no por llevar un ideal cristiano de vida al estilo del de Asís, sí por lo menos por un intenso activismo político para resolver conflictos mundiales de extrema gravedad y cuyos logros positivos hicieron ya parte de la historia universal contemporánea. 
Todo esto también nos pone claro que no debemos ser tan exigentes con Benedicto. Después de todo, no es fácil llenar los zapatos de un hombre como Juan Pablo II; un hombre de extraordinaria visión política que no tiene referentes en la política del Estado Vaticano por lo menos desde la puesta en fuga de la religión cristiana hacia la acidia de los claustros y conventos por el fuego revolucionario de racionalismo y empirismo. Y no pierda de vista en esto que fue Juan Pablo mismo quien apuró a la religión cristiana de nuevo a resurgir de la acidia para asumir su enorme responsabilidad en la tarea de ordenar al mundo moderno recogiendo las irracionalidades tan despreciadas por la ciencia moderna y al tenor de su Revelación y su gran orden moral. 
Pero lo anterior también nos debería servir también para no ser muy optimistas respecto a que la sucesión de Benedicto vaya a traer de nuevo un resurgir de la religión cristiana como el eje ordenador de las irracionalidades humanas, tal cual como se prefiguró en tiempos de Juan Pablo II. Y esto, por una sencilla razón: lo anterior exige la replicación de un nuevo Juan Pablo II, y esto apela ya más al terreno del milagro.
Para cerrar, estimo que el lector ya podrá dar cuenta con toda claridad del porqué me mueve a sorpresa que muchos políticos se llamen a sorpresa con la renuncia de Benedicto al papado. Llamarse a sorpresa en estas cosas, es mostrarse como un ingenuo ignorante de las cosas de la política. Algo que es intolerable en un político de oficio.

Buen día.

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