Autoritarismo, prianismo y Proteo y su rebaño de focas

La comprobada eficacia del autoritarismo como forma de gobierno:

Al margen de lo mucho que costó el autoritarismo como forma de gobierno en vidas humanas y en posibilidades de desarrollo truncadas, cabe sorprenderse en verdad por su enorme longevidad. Lo atisbamos instalado como la forma legítima y hegemónica de gobierno desde la misma fundación de los primeros centros aldeano-campesinos en el neolítico. En cuanto a su expiración hay discusión.


Los apologistas de la democracia insisten en que empieza a menguar en su hegemonía con la aparición de las primeras revoluciones democráticas inspiradas en la Ilustración, donde destacan la Independencia de los Estados Unidos y la Revolución Francesa. Los realistas dicen que no ha muerto, que sigue vigente.
Pero aun si usted piensa como un apologista de la democracia y le hecha cuentas a esa prolongada hegemonía, se va de espaldas porque le resultan luego por lo menos cuarenta siglos de vida para el Autoritarismo. Y digo por lo menos, porque solamente estoy midiendo el tiempo que media entre la fase bien desarrollada de los primeros centros de población humana hasta el final de la Edad Media.
¿Cuarenta siglos? ¿Cómo es posible que generaciones y generaciones de hombres simples, del pueblo bajo, hayan aguantado durante tanto tiempo la tutela hipócrita y la expoliación de unos ilustres ociosos? ¿Cómo es posible, incluso, que ese mismo pueblo bajo haya festinado y vitoreado a sus parásitos, y que haya abultado jubilosamente los ejércitos para ir a guerras que, al final de cuentas, no le incumbían?
Bueno, es que el principio de autoridad, como forma de gobierno, es un sistema hipereficiente cuando se aplica con una buena dosis de terror sobre una masa humana que, en su visión del mundo, está supeditada al prejuicio.
El terror es tan poderoso que puede paralizar e inutilizar a la inteligencia humana. El terror puede conducir a la razón a un estado de infancia donde el individuo ya no es capaz de pensar y sólo atina a caer en febriles alucinaciones. En ese estado, el hombre se convierte en una cosa absolutamente manipulable. Se le pueden inducir conductas y las formas y símbolos que debe de pensar. Se le puede llevar de la mano como a un ciego indefenso.
Y en el hombre, el terror camina en sentido opuesto a la luz de la razón. A mayor sabiduría, a mayor conocimiento científico, menos posibilidad de caer en el terror. De ahí que la operación más eficaz del terror como método de gobierno dé sus mejores frutos entre una población prejuiciosa.
La anterior es una verdad de experiencia tan evidente, que fue el sustento del autoritarismo desde los albores de la civilización.

La edad de la razón y de la libertad

Cuando arribó todo ese aire de renovación cultural que fue desde Copérnico hasta Emmanuel Kant y Thomas Jefferson, los hombres de las nuevas luces vieron en esto un salto desde la irracionalidad hasta la razón y desde el principio de autoridad hacia el principio de la libertad. Esto fue para ellos como una suerte de transición del hombre desde la adolescencia hacia la mayoria de edad. Y estoy seguro que muchos de esos hombres de luces habrán muerto con su convicción plena puesta en eso. Pero, en el balance final, vistas las cosas desde nuestro tiempo y la historia más reciente, ¿se habrá logrado dar dicho salto?
Monumental tarea la de intentar dar respuesta a esa pregunta. Propia de un verdadero sabio. Mas, si atendemos a los hechos de la experiencia y de la historia moderna y contemporánea, nos puede quedar la percepción de que no ha sucedido el dichoso salto.

La inmanencia del Autoritarismo en la historia

Si se revisa la historia quitándose de encima prejuicios científicos y religiosos, retóricas huecas, apologías y panegíricos, y se para mientes especialmente en la conducta real de los que han gobernado y han tenido el control del rumbo, uno se da cuenta pronto que el autoritarismo sigue tan vivo como en la edad media, como en el santo oficio, como en las antiguas monarquías orientales y como en la misma edad de piedra. Pero no se trata de un nuevo Autoritarismo. No es, digamos, un autoritarismo “moderno” sustentado en la razón y por el bien, ahora sí, de usted, como dicen los políticos. Tampoco son desviaciones accidentales del modelo democrático.
El autoritarismo de hoy es el mismo autoritarismo de siempre. En el pasado remoto vivió cuarenta siglos desnudo, sin el menor escrúpulo y con su rostro franco de terror y prejuicio de frente a las gentes. Mas, ante el primer asalto de la edad de las luces, se sacude para convertirse en una suerte de nigromante portentoso capaz de adoptar las más diversas apariencias en su afán de seguir depredando. Y en un segundo acto, nos sorprendió con su extraordinaria habilidad para cubrir su siniestra faz con el semblante dulce y amable de tres máscaras: la razón, la libertad y la democracia.
Si caímos en la vana ilusión de verle fallecer con las monarquías europeas y con el santo oficio, le vimos luego reaparecer de inmediato en el mismo inicio de la democracia con los jacobinos de Robespierre. Lo vimos con su máscara de burgués en los imperios europeos arrasando poblaciones a nivel planetario. Se aposenta luego en el imperio norteamericano, en el imperio japonés, en la Unión Soviética, en China. Organiza dos guerras mundiales. Nos ofrece un acto magistral de terrorismo con el nacional socialismo de los alemanes. Nos lleva luego al borde de un holocausto nuclear del cual no nos hemos movido. Emerge luego trémulo y mustio en el macartismo de los Estados Unidos, bajo el mando de un senador alcohólico y demente (Joseph McCarthy) Lo vimos en las dictaduras sudaméricanas de posguerra. Luego lo vimos aparecer entre las lenguas de fuego de las torres gemelas y en el Acta Patriótica de Bush. Y luego nos entretiene organizando cruzadas modernas contra el mundo árabe.
Solamente he mencionado algunos de los pináculos en la actuación de este demonio irracional. Pero si usted revisa el asunto a nivel local y regional, a nivel micro, a nivel de pueblos en particular, se sorprendería al encontrar que este demonio de la sinrazón ha cobrado varios cientos de millones de víctimas mortales. ¿A cuánto ascenderían los costos si consideramos el desgaste y la destrucción en  recursos materiales y naturales, así como en el desaliento al ímpetu productivo de la población? Los costos serían incalculables por ser casi infinitos.
En estos dos primeros actos de su obra, el autoritarismo ha escalado en el orden de su tarea depredadora y en su habilidad de adaptación. Y no se ha mostrado remiso en eso de perfeccionar sus medios de control a un nivel de sofisticación insospechado. El terror y la incertidumbre siguen siendo las dos armas principales, pero las formas de administrarlos se han desarrollado. Si en la historia remota echaba mano a los libros sagrados, a la verdad revelada, al  santo oficio, a las ordalías, a las torturas y a la befa pública con el capirote y el sambenito, ahora se apropia de la información y de los medios para infectar a la población con la cultura del miedo y de la incertidumbre. Ya no le es imprescindible el recurrir a la represión directa, a la fuerza, pues le basta con modular los estados emocionales de la población para desconectar su razón y controlar su percepción de la realidad. Ya no es preciso ordenarle a la gente lo que debe hacer con la imagen de satán o con la pica en la espalda, ya no es tan preciso torturarla, pues solo basta con inducir su conducta hacia los fines propios de quien, en turno, ejerce el autoritarismo en su provecho particular.
Y mire usted lo afortunado que somos nosotros, pues resulta que a esta generación le ha tocado en suerte presenciar al autoritarismo en su tercer acto, en su más sublimado y portentoso acto de transformismo: El neoliberalismo.
De pronto, en un santiamén, ya entrado en la inercia de su escalada global, y cuando la era de la inestabilidad financiera dejó sentir sus primeros alientos acres, el autoritarismo pasa al acto neoliberal y se convierte de nigromante en un dios llamado Proteo.
¿Alguien ha podido definir al neoliberalismo de una manera precisa y clara? A la fecha nadie ha podido hacerlo sin entrar en contradicciones. Es ganancia, es precio, es mercado libre; pero también es socialización de pérdidas y privatización de ganancias. Es estado hoy, y libertad mañana, según convenga. Es paz y consenso ayer, guerra de liberación mañana. Es un todo contradictorio.
El Proteo neoliberal es muy cambiante en sus formas: va de hiena a chacal, de león a lobo, de serpiente a sanguijuela, de manzana a simple agua. Y cuando fluye como agua se parece al río de Heráclito: diverso, cambiante sin cesar, confuso y contradictorio, anodino, irracional, parece no tener sustancia, se escapa entre los dedos de quien lo intenta coger. Y si no dice nada de sí ni del mundo mientras no se le atrape, tampoco se le puede atrapar por la buena o ateniéndose a sus reglas irracionales. Es difícil la empresa, propia no de humanos simples, sino de héroes y semidioses como Odiseo y Aristeo.
Mas no debemos olvidar que Proteo es un simple disfraz, es mera ilusión. Pero disfraz bien aferrado a su dueño. En este tercer acto, el del neoliberalismo, no es sino el mismo autoritarismo de siempre. El autoritarismo que miente, que engaña. No es una teoría científica, es simplemente el nombre que designa la actividad expoliadora de una clase depredadora con escala global. Es la expresión vital de una clase depredadora que no tiene nacionalidad, que no respeta fronteras, que busca arrasar con todo recurso valioso donde quiera que éste se encuentre, que busca expoliar el ímpetu productivo de la población trabajadora (incluyendo a empresarios industriosos) y que mantiene sus brazos en todo país a través de clases depredadoras nativas subordinadas…pequeños Proteos vasallos.
También nos ha tocado en suerte presenciar lo que aparenta ser el ocaso del neoliberalismo. El disfraz se ha ajado, se ha manchado, se ha llenado de sebo, se ha roto y ya perdió su capacidad de asombro. Y es que han empezado a surgir héroes que lo empiezan a atrapar y a desentreñar en su miserable verdad. Ya no tiene magia. Es un truco burdo. Proteo no existe, es tramoya ilusionista, es el autoritarismo de siempre. Pero nos queda claro que, aún en los estertores de este tercer acto, se niega a morir. Es como una fiera ávida que tira de dentelladas. Apenas sí ve que los líderes emergentes de izquierda se burlan de su disfraz y le reclaman las entradas para abandonar tan burda y chabacana comedia, y ya corre presurosa a  a heretizarlos con su imperio de la información, con su cultura del miedo para el “mundo libre”, su mundo. Es la hora del terror renovado.
¿Será el final del autoritarismo? Me temo que no es el final. Nos ha demostrado su enorme longevidad. Es un demonio irracional muy versátil. Si los genios de la historia cambian las circunstancias con su pensamiento, si los héroes lo atrapan en sus prestidigitaciones burdas, él, como la iglesia, se adapta como un rayo a las nuevas circunstancias. Si la Iglesia sabe refugiarse en un ámbito de verdad revelada donde resulta invulnerable para la razón humana, el autoritarismo, en cambio, se refugia en otro rincón inescrutable para la razón: el inconsciente, la nada, el vacío.
Difícil sería adivinar qué rumbo y qué nuevo disfraz adoptará en el futuro cercano el autoritarismo. Cualquiera que sea el nuevo disfraz, ya de payaso, ya de juglar, ya de sotana mal abrochada, podemos asegurar que recibirá una atronadora ovación de su “mundo libre” una vez que salte al tablado con renovados bríos y nueva vestimenta.
Termino esta parte citando las palabras de una persona que cuenta con la mayor autoridad en esta materia del balance de la razón y la sinrazón en este mundo moderno: Alberto Einstein.
“Los beneficios que la inventiva del genio humano nos ha conferido en los últimos cien años, podrían haber hecho la vida fácil y feliz, si hubiera habido una organización capaz de mantener la paz con los progresos técnicos. En las manos de nuestra generación esos descubrimientos tan duramente conseguidos son como navajas de afeitar manejadas por un niño de tres años. La posesión de maravillosos medios de producción ha proporcionado preocupaciones y hambre en lugar de libertad”.
El poderoso genio y la incontestable reputación de Einstein le permitieron resumir la verdad en un simple párrafo. Parece que, en su verdad, el hombre no ha dado el salto a la edad de la razón. Y es que el hombre es como un niño inocente con serias pulsiones de egoísmo que cree poder saltar al vacío sin mayor problema.

¿Qué es el Autoritarismo?

Intentemos ser héroes por un momento y cojamos al autoritarismo en su verdad. Despojémoslo de su disfraz de Proteo para verlo en su más cruda realidad. El autoritarismo no es otra cosa que toda forma de gobierno donde la voluntad de una minoría privilegiada y ociosa es la ley suprema de una comunidad o de un Estado, sin importar la fuente última a partir de la cual se instaure y legitime dicha voluntad, ya sea divina, por conquista, por supremacía, por fraude, por terror franco o por cualquier cosa que se le pueda ocurrir. Es una forma de gobierno donde el único y real consenso es la voluntad del que gobierna. A partir de ahí, usted póngale cualquier nombre para ubicarlo en los diferentes estadios de la historia: Despotismo, monarquía oriental, absolutismo, monarquía constitucional, democracia simulada, tiranía, dictadura y cuantas paparruchas mentales se han inventado para instaurar el proceso de expoliación de unos cuantos ociosos astutos sobre una inmensa mayoría que vive para producir.

Prianismo: El Proteo criollo

Este país ha tenido muy pocos vislumbres de democracia. Una democracia muy mutilada y maltrecha, a marchas forzadas, por cierto. Han sido episodios muy contados y muy fugaces que han dependido, sobre todo, de la buena disposición de algunos hombres para gobernar bien, con la vista puesta en los sentimientos de la nación, y no en sus intereses particulares. Es mi opinión que México ha conocido solamente dos episodios democráticos en su historia “independiente”: el de Juárez y el del general Lázaro Cárdenas.
México ha sido prácticamente un  escenario permanente para el autoritarismo. En nuestra historia no encontramos otra cosa que eso y con diferentes disfraces: Caudillismo, régimen de partido único y prianismo. Es un autoritarismo criollo, mestizo, pero con fuertes lazos de dependencia del imperio norteamericano.  Dependencia del imperio que no ha manado de un consenso democrático, pues la propia naturaleza de esta forma de gobierno no admite el consenso. No, esa dependencia ha brotado del mismo instinto depredador de la clase gobernante nativa. Y es que el instinto depredador del hombre es tan universal como el mismo autoritarismo; van de la mano.
Vimos a ese demonio irracional emerger en el caudillismo, en esa figura de cuño hegeliano del líder carismático y benevolente que hace la historia al margen de la masa. Lo vimos luego en el despotismo ilustrado del porfirismo y el maderismo. Luego a todo vapor en la revolución institucionalizada, para ir a parar en los tiempos que corren en ese pequeño Proteo criollo y vasallo que se llama Prianismo.
El mundo de Proteo es extenso y rico en jerarquías. El panteón tiene muchos dioses y vasallos. Es un mundo sin consenso, piramidal, donde impera la autoridad y la superioridad por posesiones. Hay un Proteo mayor, quien es el primus entre los desiguales. La mesa de acuerdos es cuadrada, no redonda y sin cabeceras. Ese gran Proteo es el pastor de una multitud de focas aplaudidoras que le glorifican (no es mordacidad, pues esa era una de las funciones de Proteo) Pero a su vez, cada una de esas focas es un Proteo criollo que tiene focas avasalladas. Y esas focas a su vez son Proteos de otras focas hasta agotar.
Y ese Autoritarismo también ha reportado costos inestimables a la nación. Su actividad depredadora ha sido costosa y de mucho bulto. Las más de las veces ha actuado con recato, con pudor, con escrúpulo, deslizándose como un ladró en la noche, montando en su rostro las dulces máscaras de la democracia y de la libertad. Pero no ha tenido empacho en mostrar su franca y llana faz de terror para lograr su cometido cuando ha sido necesario.
Hemos visto a esa demonio irracional abatir a los héroes verdaderos de la nación, a los que se atrevieron contra él y sus amos más allá de las fronteras, bajo una lluvia ingente de balas. Lo hemos visto alzar la herejía del comunismo para reprimirles bestialmente en los años sesentas y setentas. Lo hemos visto luego inventar la herejía del populismo para depredar por completo y a su antojo la riqueza de la nación en nombre de su padre y pastor: el neoliberalismo.
¿Y cuándo se decanta por el terror?
No hay nada más insoportable para ese demonio que el que su nigromancia y su rostro real sean motivo de la befa, de la burla y del escarnio de la plebe. Así que, cuando algunos héroes lo han llegado a atrapar en sus burdas prestidigitaciones, cuando algunos odiseos y aristeos modernos le despojan de sus máscaras, es cuando se llena de ira y vocifera: ¡Mi nombre es terror!
Pero el mayor portento de este Proteo criollo y vasallo está en sus prodigiosos actos de prestidigitación para escamotear a la democracia en las urnas. Ahí no tiene igual. Ha prosituido a la dama de la libertad de Eugene Delacroix a través de la miseria del pueblo. Ha jugado como vulgar juglar con la democracia. Ha levantando el ilusionismo electoral al nivel de arte excelente y digno de exportación hacia las demás focas aplaudidoras, o prometeos vasallos, como usted quiera identificarlos.
Y 2006 fue el año de mayor gloria para ese Proteo criollo llamado prianismo. Pero ese nuevo episodio prianista de embelecos y terror merece un capítulo aparte.

Buen día

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