AMLO: En el rumbo de la nación, pero falta.

Parte 1: La exigencia de la eficacia.

La política es una actividad teórico-prática que busca el mejoramiento de la vida en común de los hombres. Su fin es el bien de la comunidad de personas, entendiendo dicho bien como un estado tal en que cada persona esté en posibilidad de realizar su felicidad de forma libre y racional. En el logro posible de ese fin,  ética y política se superponen, interactúan, van de la mano. Pero en esas dos disciplinas es de fundamental importancia la eficacia. De nada sirve trabajar en una visión ético-política para una comunidad si la misma es irrealizable en la praxis.


La necesidad de la eficacia viene del mismo carácter racional y positivo de la política. De eso no hay escape, a menos que se pretenda hacer la tarea caprichosamente y pasarse a vivir a un mundo de lo imposible que luego nos convierte en un agente de destrucción para los demás. Y siendo así las cosas, es preciso que el político actúe de manera eficaz en su profesión o misión (como él la entienda) cuando pretende reformar o cambiar una comunidad.
El accionar eficaz en política implica ser, en primer lugar, una persona  consecuente con la moral. Pero ser moral en esto no reside en ir a la iglesia por rutina a darse golpes de pecho, ni en dar la apariencia de buen muchacho, ni en realizar múltiples acciones de caridad por los discapacitados o los desamparados. Esas acciones son simple moralidad, apariencias o expresiones de un sentimiento de culpa que atormenta. Eso no es moral. Ser un político moral reside, ante todo, en actuar siempre viendo al resto de gentes como personas, como un medio y un fin al mismo tiempo y con independencia de su forma de pensar. Parte del trabajo del político es convencer, demostrar, no reprimir y ordenar unilateralmente. Y se convence actuando moralmente.
En segundo lugar, el accionar eficaz en política obliga a trabajar con una acitud científica. En nombre del éxito, el político debe confrontar siempre su visión de sociedad con la realidad a fin de poder determinar qué es lo que puede hacerse y qué es lo que está fuera del alcance en un lugar y tiempo determinados. Y si alguna parte de su visión social de fondo mantiene aspectos que están fuera del alcance por el momento ante determinadas condiciones culturales, pero que se ven posibles en el futuro, debe asumir esas partes como un proceso gradual de ajuste que camine con el cambio cultural en libertad, no a marchas forzadas y a latigazos.
En suma, la eficacia exige al político dos cosas fundamentales. Primero, tener la voluntad para contrastar y adaptar su visión de sociedad con la realidad. Y segundo, entender que la misma exigencia ética convierte a la realidad en una pluralidad que debe ser tomada en cuenta.
Por supesto que esta visión de la política es ya algo inaccesible para los partidos que han tenido en sus manos el rumbo de esta nación desde principios del siglo pasado. Es inaccesible, por principio, para los partidos satélites que sirven de comparsa a los dos grandes: PRI y PAN. Todos esos organismos son entidades que, hoy en día, están programados deliberadamente para dar el resultado único que tenemos a la vista: un México depauperado.
En cuanto al PRD que conocemos ahora, bajo la dirección de los Chuchos, no sé en verdad qué decir. No sé si es un satélite, una cosa sin sustancia o un fantasma que anda flotando de un lado a otro en busca de poder. Pero el caso es que ese partido, en tanto siga en las manos en que está, tampoco tiene ya posibilidad de adoptar una postura eficaz en la política. Ha saltado al vacío, se ha suicidado, y tampoco creo que este salto preocupe mucho a sus actuales dirigentes. El suicidio puede ser incluso el fin que se han propuesto. Nada descabellado, por cierto: el suicidio es una alternativa de la libertad cuando el sabor de la existencia resulta una nada. Quizás ese partido sin AMLO es una nada.
Por supuesto que estos partidos tienen un concepto propio de eficacia para poder funcionar y sostenerse. Pero su concepto de eficacia no tiene ninguna connotación ética y científica. Tiene más bien un sentido de oficio artesanal. Su fin no es el bien de la nación, sino su bien particular. No tienen un principio; y si lo hay, lo desconocen, no pueden dar razón de él. Su medio no es la ciencia, sino el pragmatismo y la rutina. Podría decirse, en otras palabras, que su sentido de eficacia es un estándar muy semejante al que usan los juglares para escamotear y sorprender con sus juegos y magias…¿Dónde quedó la bolita?
Así, la eficacia política, en el buen sentido del término, es la opción del movimiento de AMLO, que ya no sé con precisión si es un partido, una mezcla de partidos o algo tal como yo lo concibo al momento: un movimiento ciudadano. Y  digo esto, porque es el único frente político que, por principios y por praxis, tiene un fin relativamente bien emparejado con lo que podemos entender en estos momentos como bien de la nación.
Las dos fuerzas caminan en sentidos completamente opuestos en el rumbo deseado por el país. Los partidos tradicionales en contra, hacia atrás. AMLO, por su parte, en la misma dirección del rumbo deseado por la nación. Eso lo percibe la gente en la las posturas de ambas fuerzas. Los partidos persisten en una retórica del continuismo de un estado generalizado de estancamiento y depredación del país, lo mismo de siempre bajo pretexto de necesidades imposibles de sortear; y AMLO propugnando por la renovación institucional y la reactivación del ímpetu productivo de la nación.
Poco creíble la postura de quienes se empeñan en difundir la idea del supuesto repliegue de AMLO en las preferencias en los últimos años. Para entender esto, considere siempre el lector que, medios de información y empresas encuestadoras,  no son otra cosa que dos instrumentos más en todo el aparato de control político de que se sirve el sistema actual para manipular e inducir conciencias y voluntades a su antojo. Recuerde lo que dijimos arriba sobre el concepto de eficacia que es propio del sistema de partidos que comparten el poder en este país: el juglar que escamotea y engaña.
Lo que es más: el supuesto repliegue de AMLO en las encuestas no aguanta ni el más rupestre de los análisis. Pregúntese algo: Si en 2006 le escamotearon el triunfo, si se ha mantenido en su lucha, si sigue sólido en su postura ética (demostrado incluso en su negativa a entrar en negociaciones con los juglares), ¿hay razón para concluir que han bajado las simpatías hacia él? Si me voy más lejos, y considerando la depauperación de la nación del 2006 a la fecha, me atrevería a decir que las simpatías, antes bien, habrán crecido. Por lo menos esa sería la hipótesis más sensata en un estudio serio, sin sesgo.
El movimiento de AMLO tiene un liderazgo moral sólido, hasta que no se demuestre lo contrario. Está casi en sintonía con los sentimientos de la nación. Está, pues, muy bien cimentado para despegar en grande y cambiar las cosas de una buena vez. Pero también hay que decir que le falta. A ese movimiento le faltan algunas cosas importantes para no desgastar eficacia o para poder explotar todas las posibilidades de la misma que ya tiene a la mano.
Por principio, debo aclarar que no creo que esa carencia sea resultado del líder y de la gente común que se aglutina en torno. He dicho antes que esos dos factores son el fuerte del movimiento, los que le dan espíritu, ímpetu y una fuerte resonancia en los sentimientos de muchos mexicanos. El problema está más bien en otros lados.
El primer problema lo veo en la existencia de algunos frentes internos en el movimiento que, pese a su poca importancia en número, persisten en mantener posiciones de izquierda cerradas, dogmáticas. Y nada más peleado con la eficacia que estas posiciones, porque renuncian a la necesidad de confrontación y adaptación con la realidad.
El segundo problema deviene a consecuencia del primero. Y es que resulta que, la postura empecinada de corrientes de izquierda dogmática, termina por despertar un recelo fundado en algunos sectores sociales. Recelos de suyo fundados porque descansan en una visión cultural legítima que no hace sintonía con la izquierda radical o dogmática. Y la consecuencia de todo esto,a la postre, es una pluralidad incompleta.
Y, a la vuelta de la esquina, el resultado es que esa pluralidad truncada artificialmente, ya por capricho o ya por ceguera de algunos, es lo que termina desperdiciando o desgastando eficacia política.
La empresa que se ha propuesto el movimiento de AMLO no es cualquier cosa. Equivale prácticamente a darle una sacudida a la historia de este país y generar un reacomodo de todo el organismo social, no de parte de él. No se trata de cualquier cosa y es tarea de mucho bulto y que requiere de una gran sabiduría y de mucha templanza de espíritu. Reconstruir una nación no es tarea de mediocres o de débiles de corazón. Esta tarea requiere de la supresión de individualismos y doctrinas en atención de un espíritu de organismo vivo y eficiente, plural e incluyente, pero convertido en uno solo, como si fuera un enjambre de abejas.
Sobre una medida aproximada de la empresa, la da la misma experiencia del 2006. La tarea era tan monumental y sustancial, que todo el viejo y esclerotizado sistema se conmovió y se espaviló para impedir el cambio. Se movió, se avivó y lo atajó. Y el movimiento del cual se tuvo que armar el viejo orden fue tan fenomenal, tan completo, que no pudo pasar inadvertido. La nación entera, simpatizantes o no, guarda la clara percepción de que ese torbellino del viejo orden llegó y le escamoteó el triunfo a AMLO en el 2006. No hay quien no esté en sintonía con esa percepción. Unos se quejan desde entonces. Otros lo reconocen con regocijo, porque siguen siendo víctimas del bombardeo de terror de los medios. Otros reparan en el error de haber permitido eso una vez que sufren las consecuencias ahora.
El movimiento de AMLO no debe perder de vista lo sucedido en 2006. Debe prevenirse para no permitir la nueva ocurrencia de ese amargo episodio de la historia.
Desde esa perspectiva de las cosas se entiende con prontitud que, el movimiento de AMLO, no está en condiciones de darse el lujo de desperdiciar eficacia o de mantener nichos de eficacia sin explotar. Su empresa, su posición ante la nación, le exige el uso eficiente de todo recurso de eficacia. Y mucho menos puede darse ese lujo cuando el desgaste o el desperdicio de eficacia proviene de posicionamientos de grupos internos que no generan utilidad alguna, ni en el plano filosófico.
Es la falta de plenitud en el ámbito de la eficacia lo que me hace atisbar, a veces, el riesgo inminente de volver a repetir la historia de 2006. Ni justo para ese movimiento, ni justo para una nación que espera un intersticio en el rumbo que se le ha bloqueado.
Ese movimiento debe realinear a algunas de sus partes. Y sobre algunas alternativas posibles para ese efecto, hablaremos en la parte dos del artículo.

Buen día.

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